La obsesión americana con la alimentación es una especie de esquizofrenia, que se debate entre lo saludable (hasta los productos más marginales tienen una versión light o fat-free) y lo aplastantemente apetecible (las hamburguesas triples, las 40 variedades de snacks). Es un debate nacional, que ha dado lugar a contenidos superventas, desde documentales como Supersize Me a libros como The Omnivore’s Dilemma.
Las modas/tendencias se suceden: dietas curiosas (Atkins, South Beach), odio a los carbohidratos, productos orgánicos, agricultura ecológica, alimentación local (con poca distancia entre productores y consumidores), etc. La última es la campaña anti-bebidas gaseosas: tomarse una cola equivale a echarle al café 16 cucharillas de azucar!
Es francamente complicado forjarse una opinión coherente sobre cual es la manera correcta de alimentarse. Michael Pollan, el mismo autor de The Omnivore’s Dilemma, lo resume en su último libro, Food Rules, literalmente en 7 palabras: “Eat food; not too much; mostly plants”.
En New York, las cadenas de restaurantes tienen la obligación de mostrar las calorías de cada producto que venden (en una tipografía casi tan grande como la del precio). Lo que debería frenar a los consumidores (descubrir, por ejemplo, que mi Venti White Mocha de Starbucks tiene 520 calorías) se convierte a veces en todo lo contrario: una carrera por dar el mayor número de calorías por el menor precio (como Burger King anunciando dos Whoppers por solo 4 dólares y 1100 calorías).

