Un artículo en The Economist sugiere que la influencia que los niños ejercen sobre las decisiones de compra de sus padres es enorme: los menores de 14 años influirían sobre el 47% del gasto familiar, tanto directa (“quiero un ordenador Dell”) como indirectamente (“se que el pequeño Alex preferiría que compraramos el BMW”).
De ahí el interés de los anunciantes en dirigirse a los niños, no sólo para productos infantiles sino para productos adultos (coches, viajes, tecnología), con campañas en canales de TV infantiles (vendiendo unas vacaciones de lujo en Nickelodeon, por ejemplo) o webs con juegos interactivos. Otras estrategias incluyen el intento de construir marcas desde la infancia, el buzz marketing entre los jóvenes o la presencia de marcas en la educación, muy escasa en España pero habitual en Estados Unidos (contenidos educativos patrocinados, maquinas de vending exclusivas, concursos y premios, etc.).
La influencia de los niños tiene dos categorías: Persistencia (“dar la lata” hasta conseguir algo) o Importancia, normalmente más efectiva, que se refiere al deseo de buscar lo mejor para los hijos, bajo el sentimiento de culpa de dedicarles poco tiempo en una sociedad acelerada.
Esta idea de convencer al niño antes que a los padres choca frontalmente con los planteamientos éticos actuales, en los que el niño tiene que ser protegido de todo. Será interesante ver como evoluciona.